¡ME MUDO!

Podéis encontrarme aquí, a partir de ahora.

http://7nalgas6anos.wordpress.com/

¡Word escribe en mi blog!

¡Maldita sea! ¡Pero esto qué es!

(Esto es una entrada de prueba. En caso de duda… consulte con su farmacéutica (más tetuda))

¿PRINCIPIO?

Pronto, quién sabe, quizás…

Es posible…

Que vuelva.

¿FIN?

PARA LOS QUE NO OS HAYÁIS DADO CUENTA.

ESTO ESTÁ CERRADO, DE MOMENTO.

ASÍ QUE, ¡SAL DE AQUÍ COÑO!

.

.

PERO ENTRA EN ESTO.

Novedades videojuegos Nintendo DS

¡Pronto en vuestras tiendas habituales de

videojuegos!

La Musa

(Este relato-manifiesto lo escribí también en Sopa de Relatos, la web de escritura libre)

.

Mi problema es la inspiración. Normalmente mis trabajos son… poco placenteros. Un cuadro de una condesa, de alguna duquesa… ¡Incluso pinté a la reina! Y creedme, no son sílfides. No son mi musa.

Mi musa, sin duda, es libiana, respeta las proporciones, con gracejo, delicada… Pero, ¿existe algo así?

Os puedo asegurar que sí. Y os diré también lo imposible que es pintar la inspiración. Mi inspiración, en concreto, es imposible. Detiene mi habla, me provoca temblores, ¡se me acelera el pulso! Muchos lo llaman enamoramiento, pero yo digo ¡no! Es mi inspiración.

Lo he intentado todo. Cambiar de pinturas, escoger otros colores, otros pinceles. Nada. Nada funciona. Siempre me quejo de mi falta de inspiración, pero cuando la veo a ella, a mi musa perfecta, hecha carne, creo que la inspiración me desborda.

Ayer la vi por primera vez. Tiene veinte años, cara angelical y una risa muy fácil. Me encanta. Vino a mi estudio y me pidió que la pintara. Muchos pensaréis que las películas exageran al poner la cámara lenta cuando pasa la chica guapa, pero yo os digo que no, porque en mi caso, no era cámara lenta, era directamente stop. ¿Y qué haces cuando todo tu mundo se para, retrocede, y empieza a girar en sentido contrario?

Balbuceas.

Por fin, le dije hola, y le indiqué los precios. Ella me dijo que el dinero no era problema, que me daría lo que fuera necesario. Yo asentí, aunque noté en su voz que cuando pronunció esa frase quería decir algo más. Me puse muy nervioso. ¡Por Dios, no lo podía creer! ¡Era preciosa! ¡Era perfecta!

La invité a pasar al interior del estudio y allí me dijo que quería que su cuadro fuera especial. Le pregunté cuándo le gustaría empezar y sin casi dejarme terminar me dijo “ya”. Ya. ¿YA? Pero yo necesito prepararme, tengo que pensar en lo que voy a hacer, tengo que… “Ya”.

Y empecé su cuadro en ese momento. Le dije que se pusiera en el decorado, para que posara, mientras yo ponía todas mis cosas en orden. Normalmente suelo ir yo a pintar a las casas de mis clientes, y no vienen ellos a mi estudio. Cuando terminé de organizarlo todo, y miré hacia el decorado, todavía nervioso, no pude evitar un pequeño sobresalto, seguido de una intensa sensación de calor que se extendió desde la punta de mis pies hasta mi cara. La musa, MI musa, estaba desnuda frente a mí. Desnuda de toda imperfección, desnuda de toda maldad, preocupación o pensamiento que pudiera nadie intentar imaginar. Desnuda. Se rió cuando notó mi reacción, y ella también se enrojeció un poco, desarmándome todavía más.

Cogí con pleno tembleque de mi mano un lápiz y empecé a dibujar los contornos. Quise esforzarme especialmente, pero parece que otra fuerza, ajena a mí, guiaba el lápiz. Dibujé toda su figura, los adorables pies, los sugerentes muslos, el inocente puvis, los rosados pezones, con sus generosos pechos, el esbelto cuello, la delicada cabeza, el suave pelo, la escarchada boca y los infinitos ojos. Ella, quieta en su postura, parecía sentir cada línea en su cuerpo. Yo sabía que las sentía.

Con el pulso más firme, cogí la paleta, llena de pegotitos de pintura, y un pincel. Ella, mi musa, mi inspiración, se movió. Intenté ignorar ese suceso, y empecé a dar color a la perfección. Noté movimiento otra vez. Dirigí la mirada hacia ella. ¡Se levantaba! ¿Por qué? ¿Había hecho algo mal? Me quedé paralizado, mientras ella se dirigía a mí contoneando su cuerpo en lentos pasitos y bebíendose mis ojos con los suyos. Cuando estaba a tan sólo un palmo de mí, y mi corazón parecía que bailaba en mi pecho, intenté decir algo, pero, sin dejar de mirarme, pusó un dedo en mis labios.

“Creo que esto… lo tenemos que terminar entre los dos.”

Sus labios, sus carnosos y dulces labios, en los míos. Y su lengua, caliente y llena de curiosidad, luchando con la mía cuerpo a cuerpo, buscando dominar una batalla, ganada por mi musa, por la perfección, en el momento en que puse mi vista en ella.

La perfecta inspiración… No me dejó terminar el cuadro. Ese cuadro que ahora es un esbozo, pero qué sé que terminaré de dar color un día. Eso que hoy es un dibujo, pero que mañana será mi mejor… nuestra mejor obra de arte. Ese cuadro que simboliza el día que encontré la inspiración.

.

.

Lascivo. 27 de Agosto de 2008

Corrupción en/de/sobre Barajas

Hoy voy a hacer un alto en la no-actividad de mi blog para manifestar ciertos sentimientos que me surgen al ver en noticias y periódicos la siguiente noticia: el accidente de Barajas.

A día de hoy, el periodismo es una profesión que se ha difuminado de tal forma, que ya no podríamos distinguir entre un periodista y un simio. Entiendo que originalmente uno de los objetivos de esta profesión era hacerse oír. Y hoy también lo es. De hecho es el principal objetivo. Hazte oír, porque cuantos más te oigan, más pasta ganas.

Y, amigos, la pasta es lo más importante para el avaro periodista. El avaro periodista antepondrá cualquier cosa, y digo cualquier cosa, con tal de “hacerse oír”, o como ya lo llaman sin ningún reparo, tener la mayor audiencia posible. Ante una afirmación así, tan cierta y sincera, uno entenderá que se les catalogue como Hijos de Puta, con mayúscula. Pero no es sólo por eso.

Una de las principales cosas que deben enseñar en la facultad de periodismo (si es que hace falta estudiar algo para trabajar de periodista en la tele o periódicos de tirada nacional, visto lo visto) es que el morbo vende. Entendamos por morbo lo siguiente: sexo, sangre y menores de edad.

En cuanto se ha conocido el número de muertos, toooodos los medios, lo primerísimo que han hecho, es difundir el número de niños que podían haber muerto. Lógico, eso atrae al espectador medio, que, como nosotros, siente pena. Lo segundísimo que han hecho es citar el manifiesto de los testigos y algún superviviente. Cuanto más escabroso mejor. Así surgen frases con elementos tan atrayentes como “niños que preguntaban dónde están sus padres” (El País) “montones de cadáveres”, “cuerpos fundidos con las ramas” (¿¡con las ramas!?), y, como dice el organizador de una ONG “Todos tienen esa angustia y a la vez la esperanza de que entre los pocos o muchos que se han salvado estén sus familiares” (El Mundo). Y aquí es donde entra en juego lo que se han empeñado en demostrar los periodistas que se les da mejor en los últimos años: el Gran Hermano. Y no me refiero a libros de culto, sino a programas basura. Durante el día de hoy, lo más importante, por supuesto, es seguir la evolución de los heridos, ver quiénes mueren (el periodista gana audiencia cuantos más mueren) y quienes son los poquísimos afortunados que viven. Para el periodista, esos pocos que viven son como ganadores de un concurso. Lo que no saben los pobrecitos es que ahora les queda el confesionario y pasar por programas parecidos a Dónde estás corazón y Salsa Rosa, sólo que se llaman Telenoticias, El Programa de Ana Rosa, etc. Programas que pretenden ser más serios que los primeros, pero que demuestran la sangre fría y falta de escrúpulos que tienen por ganar un uno porciento más de share. Como ejemplo: “¡Identificados 14 de los 153 muertos!” (Público). ¡Venga, ánimo! Ahora es una carrera por ver qué medio da más información cuanto antes.

Esta tarde es muy probable que se hayan identificado más de cincuenta muertos, pero lo que es seguro es que en más de una televisión ya tendrán testimonios desgarradores y cargados de euros de los familiares destrozados.

Todo por un puñado de monedas.

Entonces estaréis de acuerdo conmigo en que esta bonita profesión (generalizando) se merece, en la mayor parte de los casos, el bonito apelativo de Hijos de Puta, con mayúsculas.

Pero aquí no queda la cosa. Los políticos, que es de sobra conocido lo Hijos de Puta que son, hacen gala de su hijoputismo para quedan bien. Todo sea por el votante… ¡ciudadano!, quiero decir. Asímismo, don Rodríguez-Zapatero, don Rajoy, y la bandada de monos voladores que les siguen han interrumpido sus vacaciones de princesa Disney para lidiar con las víctimas y familiares. ¡Por Dios, qué buenos son! Tenemos suerte de tener una clase política TAN honesta, de voluntades tan claras, de un prestigio colosal. Esto, como en los medios de comunicación (creo que los llamaré así, y no periodistas, pues algún periodista honrado habrá, al que pido disculpas. Pero los medios no se salvan), es una carrera por ver quién pide perdón primero. ¡Oh, sí, José Luis! Has ganado muchos puntos. ¡Oh, sí, Magdalena! ¡Qué gran ministra! ¡Oh, sí Mariano! ¡Qué oposición tan limpia! Y yo digo ¡vivan los políticos! Que no evitan una catástrofe, pero son tan, tan buenos, que nos ofrecen su hombro corrupto, verde nuclear, para que podamos llorar a gusto.

Hijos de Puta.

En Vías de Putrefacción

Bueno, por fin está acabado este relato. Ese relato que aún no tenía título y que por fin lo he decidido: “En Vías de Putrefacción”.

Sólo quería daros las gracias a vosotros los que me habéis seguido regularmente y a todos los que os ha gustado este relato. Espero también que os haya entretenido, aunque admito que ha sido algo escabroso.

Por mi parte, han sido casi cinco meses estrujándome el cerebelo (nació el 2 de Abril), así que puedo decir que hasta el momento es mi relato más trabajado.

Sé que este blog no se rige por las leyes del orden, así que aquí pongo los enlaces para leer todo el relato del tirón. Son doce capítulos cargados de sangre y tal. ¡Disfrutadlos!

En Vías de Putrefacción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

12

El cabrón de Olmedilla…

Parecía un pringao, pero resulta que tiene amigos. Mi nombre es Ernesto González, inspector de policía. Estoy en el funeral de Víctor Redondo, el peor asesino en serie que hemos tenido en los últimos diez años. Y digo el peor, no por le número de asesinatos, sino por el hecho de que nos ha tenido engañados durante toda la investigación. Sólo cuando ha muerto hemos dado con él, y porque él ha querido.

Hemos sido muy tontos, joder. El comisario ha insinuado que debería pedir la jubilación anticipada, y eso en mi oficio significa pasar de policía a vigilante de parkings. Manda cojones, a mi edad, con mi puta experiencia y un mierda como Olmedilla me engaña.

Decía que Olmedilla tiene amigos, porque alguien ha organizado un funeral. No es gran cosa. Es en una pequeña capilla, muy cerca de mi casa, a la que voy de vez en cuando.

No sé quién lo habrá organizado, pero somos cuatro gatos. Reconozco en la última fila a la madre de una de las niñas decapitadas. De las últimas, creo que se llamaba María. Da igual. La madre llora, pero no creo que sea de pena, ni que sea por Redondo. Creo que llora de alegría. Joder, qué puto mundo.

También reconozco en el altar a ese cura. Me da escalofríos. Es repugnante. Sólo está aquí algunos días, pero son los días que no viene nadie. Tiene la voz cascada, como los borrachos. Y un aspecto muy desaliñado. Como los borrachos. Tampoco es que hable muy coherentemente. Pero sonríe. Como si no fuera un funeral, sino una misa corriente. ¿Por qué sonríes, cabrón?

El funeral acaba y me sorprendo con los ojos húmedos. Mierda, joder, González. ¿No te pondrás sentimental ahora? Cabrón de Olmedilla. Esto sí que no te lo perdono.

Hijo de puta…

Ya en mi casa, me preparo la cena y no paro de pensar en el caso. No se ha podido cerrar aún, y aunque estoy fuera, no puedo dejar mi conciencia tranquila sabiendo que había dos asesinos, y que el segundo sigue ahí fuera, puede que planeando su próxima matanza. Hostia puta. No hemos llegado a tener ni una sola pista de él. Nada. Ni siquiera en el piso de Olmedilla hemos encontrado restos de nadie más. Aparte, claro, de las cabezas de las niñas.

Tampoco dejo de pensar en la sonrisa de ese jodido cura. Me da escalofríos, joder. Todo el funeral sonriendo. ¿Por qué? Qué asco. No vuelvo a esa iglesia.

¿Por qué sonreiría?

.

FIN

.

Madrid. 20 de Agosto de 2008

En la puta calle

Hoy por primera vez daré un dato sobre mí. Soy profesor. Más concretamente, doy clases particulares. Es un coñazo, pero está bien pagado. Tienes que aguantar a niños pijos, pero está bien pagado. Tienes que aguantar a padres hipocondríacos, pero está bien pagado.

El caso es que estoy cabreado. Hace poco, mi amigo Champinon, que se dedica a lo mismo, me cedió uno de sus alumnos, al no poder abastecerle con sus vastos conocimientos (le pilla lejos de casa). Yo, que este verano no tenía un mísero alumno, me alegré, pues eso significaba poder volver a llenar las arcas.

Cual es mi asombro que el chaval, después de dos días dándole clases, me despide “porque ha venido un amigo que me lo puede explicar y ya no hace falta que vengas”. Puto macarra cabrón…

Pues que sepas que romperé todas tus fotos, quemaré todas tus cartas, para no verte más, para no verte más.

Lo que más me duele es el buen dinero que me iba a ganar. Dios maldiga a los niños de papá ricachones sin excrúpulos.

Y ahora, con la cartera vacía (y no dejando de darle las gracias a Champinon, en serio, pues, aunque breve, mi trabajo me consiguió), vagaré por las calles de Madrid buscando consuelo en las chustas negras de los cigarros de los demás.

Amén.

P.D.: ¡Ah! Si alguien necesita clases, que contacte conmigo. Soy la hostia.