· RELATOS: Ángel

Antiguos relatos míos.

ÁNGEL

Capítulo 1

Claudia era una excelente estudiante. Tenía un completo control sobre sí misma y podía ejercer una gran influencia sobre los que la rodeaban. Su belleza le daba la suficiente ventaja sobre los demás como para destacar más que nadie en su círculo. Y su inteligencia y astucia le permitían sacar todo el partido posible de sus cualidades. Pero, como todo el mundo, Claudia tenía secretos. Secretos inconfesables que sólo ella conocía. Tenía muy buenos amigos, amigos íntimos que podrían haber guardado cualquier cosa que ella les dijera. Pero el caso que ahora distraía a Claudia era demasiado atípico como para que nadie, absolutamente nadie, lo supiera.En su casa, Claudia gozaba del amor incondicional de sus padres y de su hermano pequeño, sólo dos años menor. Tenía todo lo que pudiera necesitar. Sin embargo, nadie podía ayudarle con su Secreto. Desde su habitación, en su cama, Claudia no paraba de pensar. Su mente estaba cada vez más atormentada. No podía dejar de imaginarse la burla de todos sus conocidos si se enteraran. No podía ni creer que fueran a saberlo alguna vez. Tenía una necesidad inmediata de soledad, para pensar largo y tendido sobre lo que le pasaba.

Pero ahora se empezó a sentir mejor. Su hermano no estaba en casa y acababa de oír el portazo que indicaba que sus padres habían salido. Al menos estaba sola, que es lo que necesitaba ahora mismo, soledad.

Se dirigió al cuarto de baño y se desnudó.

Al ponerse delante del espejo sintió un escalofrío. Aunque nadie sabría comprenderlo, pues su cuerpo era una maravilla física. Sus cabellos negros, largos y ondulados caían como violentas cascadas de agua, tapando sus impúdicos pechos y dotando a la escena de un erotismo inimaginable. En sus caderas, brillaba un pequeño tatuaje, muy cerca de la ingle derecha. En él se podía ver una pequeña flor, de pétalos violetas y con dos espinas en su tallo que goteaban sangre. Pero la belleza de su cuerpo se veía eclipsada por la de su cara. Por su pequeña nariz y sus grandes ojos negros más de un rey hubiera abdicado y más de un suicida se hubiera arrepentido. Sin duda, Claudia era muy hermosa. Pero ella se odiaba a sí misma. Mientras se contemplaba en el espejo, se dio la vuelta y vislumbró su espalda, que anteriormente era muy hermosa, pero ahora no. Ahora Claudia odiaba su espalda, que afeaba todo su cuerpo. Odiaba las prominencias que le habían salido bajo los omóplatos y odiaba el dolor que le causaban. Pero lo que más odiaba, lo que no la dejaba dormir por la noche, lo que le impedía decirle a nadie lo que le pasaba, era que en ese par de erupciones empezaron a salir dos pequeños matojos de plumas.

Capítulo 2

 

Juan Luis dormía en la calle, cada noche. Todos los días se levantaba cuando los primeros rayos del Sol le atizaban, como martillos pilones, en toda la cara. Como no tenía a donde ir, no se iba a ningún sitio. Pasaba sentado en su banco enfrente del Corte Inglés de Princesa cerca de dos horas, pensativo, antes de marcharse a buscar algo que llevarse a la boca. Por supuesto, lo primero que tocaban sus labios en el día, no era comida. Lo primero que hacía era rebuscar en sus bolsillos algo de dinero, ganado el día anterior pidiendo en el metro. Lo poco que tenía lo invertía en el moro del bar de más abajo y con el hachís que obtenía se hacía un porro. Y aunque Juan Luis nadaba en mierda cada día, repetía siempre la misma rutina. Antes de fumarse el porro, volvía al metro a pedir y se iba a comer. Después volvía a su banco y tranquilamente consumía su droga. Pero seguía nadando en mierda, una mierda dulce y amarga, luminosa y oscura, pero siempre apestosa. Aún así, Juan Luis era relativamente feliz.

Había pasado por momentos peores. Momentos en los que creía haber encontrado a un ángel, un ángel llamado Claudia. Momentos que creyó de salvación pero fueron de condena.

Pero mucho había llovido ya. Mucho desde que empezara a recorrer las calles incansablemente. Mucho desde que su propia vida le engañara y le obligara a tirar su alma por el retrete. Tanto tiempo que ya no sentía nada. No sentía ni amor, ni pena, ni siquiera nostalgia. Ni una sola lágrima había manchado su cara desde aquel día. Nunca más se volvió a sentir culpable. Nunca más volvió a pensar en el día en que mató a su mujer.

Todo por culpa de un ángel.

 

Capítulo 3

 

Enoc se levanta cada día antes de las siete de la mañana. Desde hace al menos diez años no ha podido dormir más de cinco horas seguidas. Los somníferos dejaron de hacer efecto hace tanto tiempo, que Enoc ya sólo los toma por pura adicción. Aparte de sus vicios, Enoc no tiene ni trabajo, ni mujer, ni hijos. Sólo se tiene a sí mismo. No le rodea nada ni nadie. No hay persona en la que se pueda apoyar en los momentos difíciles. No tiene amigos y a duras penas conocidos. Y todos los días se levanta antes de las siete de la mañana. Pero esta mañana es diferente. Sabe que se ha pasado con los somníferos y tiene miedo de las consecuencias. Nunca había tomado una dosis tan alta y no sabe cómo puede repercutir este hecho en su organismo. Tembloroso, se levanta y se dirige al baño. Sobre el lavabo, empapado en sudor, se introduce el dedo índice y corazón en la boca para intentar vomitar, pero no puede. Se echa agua en la cara y levanta la cabeza. Le dirige una mirada al espejo y éste se la devuelve, con total descaro, y mirándole por encima del hombro.

-Sé lo que estás pensando. -Le grita -¡Crees que mi vida no vale nada! ¡Crees que estoy pudriéndome aquí sólo! ¡Que soy un paria, un desgraciado y que todo cuanto me rodea es triste! ¡Pues estás muy equivocado, pedazo de mierda! No sabes lo equivocado que estás, ¡estúpido!. No, no lo sabes, no sabes nada…

El espejo permanece impasible, y la figura sombría que en él está dibujada sigue mirando a Enoc, con total parsimonia, como si no tuviera nada que ver con ella. Como si desde las sombras no le afectara ser el reflejo de alguien que no es alguien, de algo que no es algo, que no es nada. Enoc, furioso, agarra un bote de champú y con gesto amenazador, sigue chillándole a la sombría figura:

-¿Qué te crees? ¿Que puedes permanecer ahí, detrás del cristal, ignorándome? Tú, que nunca has hecho nada por mí, ¿crees que eres mejor que yo? ¡Nunca me dijiste lo duro que podía ser todo! ¡He sido un imbécil toda mi vida por tu culpa! ¡No he sabido disfrutar de las cosas por ti! ¡Idiota! ¡No mereces nada, nada de mí! Porque sin mí no eres nadie, pero yo no te necesito. ¡Nunca te he necesitado y no te voy a querer nunca más! ¿Me oyes, pedazo de mierda? ¡Hijo de puta!

Y mientras el espejo imitaba cada movimiento de Enoc, éste se iba desesperando aún más. Hasta que vio que la oscura figura que formaba su reflejo ya no le copiaba. Entonces ésta dijo:

-¿Y crees, estúpido, que el hecho de que hayas desperdiciado tu sucia y asquerosa vida, ha sido responsabilidad mía y sólo mía? -Dijo la figura en un tono que rayaba, más que la arrogancia, el asco. Mirándole como si fuese un experimento que ha salido mal, continuó, con sorna -Admito que algo he tenido que ver. Pero sin embargo, no he sido más que un pequeño empujoncito. La pequeña ayuda que necesitabas para caer por completo en el abismo. Todo el daño que has sufrido, amigo mío, ha sido culpa exclusivamente tuya. Eres asqueroso y mereces todo lo que te ha pasado.

Atónito, Enoc no podía más que balbucear.

-¿Ves? No eres más que un estúpido trozo de mierda. No mereces la piedad de nadie. Ni salvación. -Y, dirigiéndose a la luz, donde Enoc pudo ver que de su espalda salían, extendiéndose, dos enormes alas blancas, que contrastaban curiosamente con su cuerpo negro, dijo -Yo soy todo lo bueno que se ha podido sacar de ti. Ahora no eres nada. ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Nadie en este podrido lugar daría un mísero céntimo por tu puta vida! ¡Nadie! Ni siquiera das pena. ¿Crees que alguien se iba a entristecer por tu muerte?

-Yo… y… yo… Ten… ten… go…

-¡Qué! ¡Ja, ja, ja, ja! Gilipollas, estás tan embobado por la droga que ni siquiera puedes hablar. ¿O soy yo lo que te ha dejado sin habla? ¿Te he sorprendido? ¿Acaso no es verdad que siempre has sabido que estaba a tu lado? ¡En cada momento de tu patética existencia! -Y, cambiando de tono, prosiguió -Pero, amigo mío, mucho me temo que esta vida para ti se acaba. Admítelo, no tienes nada que hacer ya en el mundo. No vales nada.

De repente, alargando su brazo negro y huesudo, de su ala arrancó una de sus plumas. Enoc, horrorizado, vio que se la ofrecía.

-Vamos, cógela, su extremo está afilado, ya sabes lo que tienes que hacer. Nadie te echará de menos.

Entendiéndolo, Enoc asió con fuerza la pluma con la mano derecha. Extendió la derecha y se hizo un corte en la muñeca, lo suficientemente profundo como para dañar sus tendones, provocando que la mano pareciera ausente de vida, como muy pronto lo estaría todo su cuerpo.

Capítulo 4

 

Claudia planeaba en el cielo oscurecido de Madrid. Su destino: Hospital Clínico San Carlos. ¿Y qué iba a encontrar allí? Lo que estaba buscando A otro que, como ella, es un ángel. Alguien que le ayudará, que la sacará de su desespero. Porque Claudia ya no puede más. No puede controlar su poder. Primero fueron las alas, la repulsa de sus padres hacia ella. El miedo dibujado en la mirada de su hermano cada vez que se cruzaba con él. Luego vino lo peor. Vino el verdadero Poder. La verdadera Locura. La incapacidad de pensar nada por miedo de hacerle daño a nadie. De verás que no podía mirar a nadie sin pensar que podía volarle la cabeza, como pasó con Julio. Aquél chico de su instituto… Pero Claudia intentaba pensar en ello lo más mínimo. El único objetivo que tenía ahora era encontrar al Otro, a su semejante. Ella podía sentirlo, no podría explicar cómo, pero lo notaba. Sabía que dirección tomar para encontrarle. Le notaba más y más cerca cada vez. Necesitaba verle, necesitaba hablarle.

De repente, un nombre se le reveló en su mente: Manuel Bayón. Pero ésto no fue lo único que le dijo su mente:

“Es él a quien buscas. Su nombre completo es Manuel Bayón Illig. Está en la habitación 302″.

Claudia estaba atónita. No podía explicarse cómo aquella voz de su mente podía darle información tan detallada.

“No te preocupes, Claudia. Tú simplemente hazme caso. Usa tu poder para encontrarme. Sé que puedes hacer muchas cosas ya, pero todavía te falta mucho. Cuando llegues a la puerta del hospital, esconde tus alas”.

¿Pero cómo?, se preguntaba Claudia. Ella no tenía forma alguna de ocultar sus alas, que no habían parado de crecer en ningún momento y ya tenían un tamaño más que considerable.

“Tú sólo piensa que no están. Imagínate sin ellas”.

Ahora Claudia pensaba que la locura de veras le había afectado. No se podía creer que sólo imaginando que algo desapareciera desaparecería. Por otro lado, le afloró el recuerdo de Julio y toda la sangré que fluyó por el pasillo del instituto aquel día.

Entoces se dió cuenta de que ya estaba en la azotea del hospital. Aterrizó grácilmente y, como le dijo la voz de su mente, pensó que sus alas desaparecían. Y así fue. Se desvanecieron como por arte de magia. Volvía a ver su espalda intacta, preciosa, como siempre había sido. Tremendamente sorprendida, se asustó cuando volvió a oír la voz.

“Ahora ponte algo de ropa, no querrás entrar con el torso desnudo al hospital, ¿no?”.

Comprendiéndolo todo en el acto, sólo imaginó que llevaba una camiseta y al instante apareció cubriéndole el pecho, pero dejando el ombligo al aire, exhibiéndose graciosamente.

“Y ahora baja y entra por la puerta principal”. Le ordenó la voz.

¿Cómo?, se preguntaba Claudia, no puedo tirarme al vacío, y no puedo volar sin alas.

“No seas estúpida. ¿Por qué piensas que se necesitan alas para volar? Tu sólo baja”.

Y, sin pensárselo dos veces, saltó. Y vio que no caía, sino que su cuerpo se dejaba resbalar a través del aire para llegar a un suelo que le recibió de la forma más suave posible.

Afortunadamente, nadie le había visto. Así que se dirigió a la puerta del hospital, entró y le preguntó a la recepcionista:

- Perdone, ¿la habitación 302, por favor?

- ¿A quién busca?
- A Manuel Bayón Illig.

Capítulo 5

 

Un vegetal. En la habitación de Manuel Bayón sólo había un comatoso en los albores de la muerte (o eso le pareció a Claudia, debido a su avanzada edad) que no podía ni respirar sin ayuda. Claudia, pensando que se había confundido, salió de la habitación, para comprobar el número.

“No me subestimes, Claudia. No estás equivocada, ésta es mi habitación”. Susurró la misma voz que le había guiado allí en su cabeza.

-¿Por qué me hablas en mi mente? ¿Qué quieres de mí?- Preguntó Claudia, mientras volvía a entrar en la habitación, y cada vez más confundida.

“¿Crees que en mi estado puedo mover la boca? ¿Crees que puedo hacer nada estando postrado a esta cama? Y, amiga mía, eres tú la que ha estado buscándome. Yo sólo he dejado que me encuentres”.

En ese momento, Claudia abrió la boca y, antes de que pudiera decir nada, la voz de ese anciano en coma le volvió a resonar en la cabeza:

“Sé lo que vas a preguntar. Sé que tienes miles de preguntas. Pero también sé que tienes más miedos aún”.

Claudia, sorprendida aún, se limitó a observar el ajado cuerpo desde su posición.

“Tu primera pregunta, sin duda, es cómo me las apaño para hablarte mentalmente. Es fácil, tú también puedes. Al igual que como hiciste con tus alas y con tu ropa. Sólo piensa que puedes y podrás, Claudia. Pruébalo”.

“Pero, pero…”. Pensó Claudia. Y entonces se sorprendió, porque vio que realmente podía hacerlo.

“Bien, Claudia”. prosiguió Manuel. “Comprenderás que me resultará más sencillo seguir la conversación si me hablas directamente a la mente”. Hizo una pequeña pausa. “También sé que estás asustada por tu propio poder. Pero te puedo asegurar que todas las pifias que has estado haciendo no son más que producto de tus miedos. Claudia, tu poder es universal, tu poder es absoluto. Eres un Ángel. Eres una elegida. Tu poder no tiene más que una limitación. Pero mucho cuidado, pues tus miedos pueden hacer que pierdas el control sobre tu poder. Y si pierdes el control, sólo vas a provocar muerte y destrucción”.

“Has dicho que sólo tengo una limitación”. ‘Pensó’ Claudia, sorprendentemente tranquila. “¿Cuál?”

“Tu única limitación, Claudia, es tu imaginación”.

Capítulo 6

 

Habían pasado dos meses desde que Claudia visitara a Bayón en la clínica. Dos meses en los que había estado meditando, entre lágrimas de tristeza y locura. Las de tristeza provocadas por su locura y las de locura por su tristeza. Sumergida en un círculo y ahogándose en su miseria, Claudia había tomado una decisión. Era absolutamente consciente de su propio poder, pues así lo deseaba ella, y ningún deseo le podía ser negado. Ella era Poder, pero no Autoridad. Ella era Querer, pero no Felicidad. Necesitaba todo lo que su extensa imaginación no podía darle. Todo lo que un mundo desagradecido y egoísta le había quitado. Ahora más que nunca, se odiaba. Odiaba toda su capacidad, odiaba su imaginación, odiaba todo cuanto había hecho, los asesinatos, la destrucción, las pesadillas vividas, una a una, la destrucción de sus seres queridos y su último episodio de locura desenfrenada: el asesinato de Manuel Bayón. Recuerda todavía cómo lo hizo. Recuerda que se sintió con ira, después de que un Manuel moribundo le confesara que había activado todo ese poder en ella sólo porque lo creía su deber. Sólo porque ese lunático creía que tenía que existir un poder así en la Tierra que él no podía soportar más en su interior. Manuel le confesó a Claudia, momentos antes de morir, que todo el Poder había residido en él antes que en ella. Le contó cómo el Poder podía destruir mentes y silenciar toda palabra. Pero también le brindó palabras de esperanza. Quiso enseñarle cómo controlarlo, cómo acallar las tentativas voces que en su cabeza arderían. Pero Claudia… Ella sólo podía pensar en su familia, en el reguero de destrucción que había dejado a su paso. Todo eso sólo para que un loco poderoso pudiera dejar a alguien su legado. Claudia era dueña de un poder que no quería y que jamás había pedido. ¿Por qué ella? ¿Por qué no alguien que lo necesitara de veras? Porque el Poder, Claudia, respondió Manuel, directamente a su cerebro, no está hecho para el que lo necesita, sino que está hecho para ser usado y servir a quienes se pueden beneficiar de él. El Poder es una herramienta para salvar la humanidad, para preservar la vida en el planeta. Para evitar que ésta desaparezca.

Claudia, con un fuego de pura ira en los ojos, miró a Manuel y éste, repentinamente, y sin hacer ningún movimiento, murió.

Un silencio iluminaba la habitación de la clínica. Claudia sentía más rabia a cada momento. Arrancándose un largo mechón de su pelo negro, lo posó sobre el cadaver de Manuel bayón y éste abrió los ojos súbitamente.

Levantándose, dijo:

- ¡Estoy vivo! ¿Por qué? ¿Por qué vuelvo a andar, a hablar, a ver?

- No estás vivo.

Entonces, la figura flotante de Claudia se iluminó y del huesudo cuerpo de Manuel se empezó a liberar un humo negruzco. Su piel, que cada vez tenía un tono más bronceado, empezó a derretirse entre gritos de angustia y socorro.

- ¡Pero aún no estás muerto!

Sus músculos empezaron a caer al suelo, y todos sus órganos vitales quedaron a la vista, encerrados en una cárcel de huesos que se astillaban lentamente. La voz de manuel cada vez sonaba más y más estridentemente. Una enfermera rubicunda y rolliza entró en la habitación, alarmada por los gritos y el ruido. Claudia, sin ni siquiera volverse, provocó que la cabeza de la sanitaria desapareciera, dejando un cuerpo sangrante que, derribado, cayó al suelo, emitiendo un fuerte “plas”. Mientras, el cuerpo de Manuel seguía descomponiéndose. Pero Claudia, llena de insatisfacción y odio, lo recomponía y deshacía una y otra vez, hasta un total de cincuenta, provocando en Bayón la peor de las muertes, repetida hasta la saciedad.

Harta y cansada, Claudia dejó al fin el amasijo de carne y huesos que una vez fueron Manuel Bayón Illig en el suelo de la habitación y partió hacia un lugar solitario, donde pudiera meditar a gusto sobre qué iba a hacer con un mundo que le había defraudado.

Capítulo 7

 

15:35 horas. París. Francia.

Una pareja habla. Están en la casa de él, en su cuarto. En la cara de ella, blanca y cubierta por una suave melenita rubia, gotas enormes caen de sus ojos enormes. En la cara de él, una mueca torcida que intenta ser pasada por un gesto de pena. Ella, pese a sus llantos, se levanta y, corriendo hacia él, le sacude en la cara, momentos antes de huir miserablemente hacia la calle. Él, consternado, no hace más que mirar al infinito, imperturbable.

15:35 horas. Pekín. China.

Un contrabandista huye de la policía pequinesa. Dos oficiales le siguen muy de cerca, pero él les da esquinazo metiéndose en un oscuro callejón. Allí, un hombre negro le llama y el contrabandista ve que su contrincante le apunta con una pistola. Antes de que le dé tiempo a sacar la suya, el hombre negro le chilla y, nervioso, le dispara.

15:35 horas. Bondo. Congo.

Un cazador ilegal está siguiendo el rastro de gorilas de montaña. Atravesando una interminable odisea de selvas y apartándose el sudor y las moscas de la cara, por fin encuentra su presa. Silencioso, apoya con cuidado la sucia escopeta contra su hombro y, antes de que pueda efectuar el disparo, un tremendo y enorme macho le agarra el cuello desde atrás y le empieza a golpear fuertemente la cara.

15:35 horas. Vancúver. Canadá.

Un marido llega a su casa, después de un duro día de trabajo. Su mujer, siempre sumisa, le recibe con sus cuarenta años de matrimonio dibujados en la cara. “¿Dónde me pegará hoy?”, piensa. Él no piensa tanto y empieza en el costado, hasta dejarla en el suelo. sin respiración.

15:35 horas. Mirnyy. Antártida.

Una pingüino disfruta de su reciente maternidad. Su vástago, no muy lejos de ella, retoza junto a la nieve, fresca y seca, pegándose a su aún débil y corto plumaje. Su progenitora le observa y parpa con la alegría reflejada en su cara.

15:36 horas. Madrid. España.

Una onda de luz blanca atraviesa vertiginosamente el planeta, con origen en Madrid.

En París, una hermosa y llorosa chiquilla deja de huir en el portal del piso de su novio.

En Pekín, una bala se detiene ante el ojo izquierdo de un criminal.

En Bondo, la sangre que manaba a chorros de la cara de un cazador se mantiene rígida, estática, deja de fluir.

En Vancúver, la mano de un maltratador se aleja para siempre de su mujer.

En Mirnyy, una madre deja de ver para siempre la felicidad en los ojos de su hijo.

En el planeta Tierra, deja de haber vida animal. Sólo un ser puebla este desierto mundo.

Su nombre es Claudia.

Madrid, 17-Diciembre-2006

2 comentarios

  1. Comentario por Abel Ruiz on 7 Mayo 08 2:55 pm

    Muy buen relato. Incluso podría decir que lo he escrito yo ;-). En serio, muy interesante. Lo enlazo.

  2. Comentario por Lascivo on 7 Mayo 08 10:28 pm

    se agradece, se agradece. Me van a terminar subiendo los colores

RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack

Deja un comentario